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La cicatriz de Ulises: cuando el pasado vuelve a ser presente

Redacción · Agosto 2026

La cicatriz de Ulises: cuando el pasado vuelve a ser presente
Hay cicatrices que no sólo recuerdan una herida. También contienen una historia.

Uno de los momentos más hermosos de la Odisea ocurre cuando Odiseo —Ulises en la tradición latina— regresa a Ítaca después de veinte años de ausencia. Ha vuelto disfrazado de mendigo y procura que nadie descubra todavía su identidad. Sin embargo, mientras su anciana nodriza Euriclea le lava los pies, reconoce en su pierna una cicatriz que conoce desde que él era joven.

El cuerpo revela aquello que el disfraz pretendía ocultar.

Homero podría haberse limitado a decirnos que Euriclea reconoció la cicatriz. Pero hace algo mucho más extraño: interrumpe la escena.

Justo cuando la anciana toca la herida, el relato abandona momentáneamente el palacio de Ítaca y comienza a narrarnos de dónde proviene aquella marca. Volvemos entonces a la juventud de Odiseo, a una cacería en el monte Parnaso y al enfrentamiento con un jabalí que le abrió la pierna con uno de sus colmillos.

Este pequeño detalle llamó profundamente la atención de Erich Auerbach, quien comienza precisamente con esta escena su célebre libro Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental.

Para Auerbach, el episodio revela algo fundamental acerca de la manera homérica de narrar.

En Homero, el pasado no permanece detrás del presente

Cuando aparece la historia de la cicatriz, no se nos ofrece simplemente como un recuerdo lejano, borroso o subordinado a la acción principal. Por el contrario, el relato del joven Odiseo y el jabalí adquiere momentáneamente la misma claridad, el mismo detalle y la misma presencia que la escena de Euriclea lavando los pies del héroe.

El pasado ocupa el primer plano.

No existe, por decirlo así, una zona oscura detrás de los acontecimientos. Todo aquello que Homero decide contar aparece plenamente iluminado ante nosotros.

Y quizá allí podamos advertir una diferencia interesante con nuestra propia manera de imaginar el tiempo.

El lenguaje cinematográfico contemporáneo suele enseñarnos a comprender el pasado como trasfondo. Un personaje mira una cicatriz, una fotografía o un objeto y entonces aparece el flashback: la imagen cambia, viajamos momentáneamente hacia atrás y entendemos que aquello que vemos pertenece a otro tiempo. Después regresamos al presente.

El pasado explica lo que somos, pero permanece detrás.

Por eso resulta sugerente imaginar la escena de la cicatriz desde una sensibilidad cinematográfica como la de La Odisea de Christopher Nolan. Nuestra mirada espera espontáneamente una separación entre los dos planos temporales: por un lado, Odiseo adulto; por otro, el joven que recibió la herida. El segundo existe para explicar al primero.

Pero Homero no parece entender el recuerdo de esa manera.

Cuando comienza a contar la cacería del jabalí, el presente prácticamente desaparece. Durante unas páginas ya no estamos esperando junto a Euriclea: estamos otra vez en el monte, acompañando al joven Odiseo.

El recuerdo ha dejado de ser recuerdo y se ha convertido nuevamente en acontecimiento.

Quizá ésta sea una de las intuiciones más fascinantes de Auerbach. La literatura no sólo representa acontecimientos: también representa diferentes maneras de experimentar la realidad.

Nosotros tendemos a pensar nuestra vida como una sucesión de estratos. El presente ocupa el primer plano y detrás de él se acumulan los recuerdos que lo explican. Miramos hacia atrás para comprender cómo llegamos hasta aquí.

En Homero, en cambio, cuando el pasado merece ser contado, vuelve a desplegarse completamente ante nuestros ojos.

La cicatriz, entonces, no funciona únicamente como una prueba de identidad. Es también una puerta narrativa.

Euriclea toca una pequeña marca en la pierna de un anciano y, de pronto, vuelve a aparecer el joven que alguna vez fue.

Tal vez por eso las cicatrices resultan tan poderosas: permanecen en el presente, pero contienen un tiempo que puede volver a abrirse.

El cuerpo recuerda. Y cuando Homero cuenta ese recuerdo, el pasado vuelve a estar presente, así como cuando nosotros lo leemos.

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