← Volver a Recomendaciones

Libro del mes

Con los ojos bien abiertos

Julian Barnes

Con los ojos bien abiertos — Julian Barnes

En Con los ojos bien abiertos, Julian Barnes se acerca a la pintura con una virtud que escasea en buena parte de la crítica de arte: sabe mirar sin necesidad de demostrar constantemente que sabe. El libro reúne ensayos sobre artistas —de Géricault y Delacroix a Manet, Cézanne, Bonnard o Lucian Freud—, pero su verdadero asunto no es la historia del arte sino ese extraño acontecimiento que ocurre cuando una imagen consigue retener nuestra atención. Barnes escribe como novelista incluso cuando comenta un lienzo: le interesan las vacilaciones, las obsesiones y las pequeñas contradicciones que convierten a un artista en algo más que un nombre dentro de una cronología. Frente al cuadro no busca descifrar un código secreto; se pregunta, con una mezcla de curiosidad y escepticismo, qué clase de experiencia humana ha quedado encerrada allí. Su erudición, considerable, aparece casi siempre después de la mirada, nunca antes de ella.

Hay algo discretamente autobiográfico en esa manera de contemplar. Barnes no pretende situarse fuera de la escena como un crítico omnisciente: reconoce que el gusto tiene historia, que aprendemos a mirar y que incluso nuestros entusiasmos más íntimos pueden cambiar. De ahí que sus mejores páginas sean aquellas en las que una pintura se convierte en una conversación entre distintas edades de una misma persona. Cézanne puede ser incomprensible antes de volverse inevitable; Bonnard puede parecer demasiado amable hasta que se descubre la inquietud que se esconde detrás de sus interiores luminosos. Barnes desconfía tanto de la explicación académica que clausura una obra como de la sentimentalidad que sólo dice «me gusta». Entre ambas construye una crítica particularmente seductora: informada pero personal, precisa pero nunca definitiva. Mirar, parece sugerir, consiste también en aceptar que quizá no terminaremos de comprender aquello que tenemos delante.

El título resulta entonces menos inocente de lo que parece. Tener los ojos bien abiertos no significa simplemente observar con atención, sino conservarlos abiertos el tiempo suficiente para que nuestras primeras certezas empiecen a desmoronarse. Barnes convierte la contemplación artística en una forma de educación moral: aprender a mirar implica resistirse a la rapidez del juicio, concederle al objeto una oportunidad de contradecirnos y admitir que nuestra percepción también envejece. En una época acostumbrada a consumir imágenes con la velocidad de un dedo sobre una pantalla, Con los ojos bien abiertos propone exactamente lo contrario: detenerse. Y quizá ésa sea la elegancia secreta del libro. Barnes no intenta enseñarnos qué debemos ver en un cuadro; nos recuerda algo más difícil: que una obra de arte verdaderamente importante comienza a revelarse cuando dejamos de exigirle que confirme aquello que ya pensábamos.

Escucha al Logos RadioEn pausa