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Crítica de cine

Un poeta: la dignidad de una vida que el mundo considera inútil

Redacción · Agosto 2026

Un poeta: la dignidad de una vida que el mundo considera inútil

Un poeta (2025), dirigida y escrita por el colombiano Simón Mesa Soto, es una de esas películas que parecen pequeñas hasta que uno descubre la magnitud de lo que están preguntando. Su protagonista es Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, un profesor y poeta no profesional que dota al personaje de una autenticidad extraordinaria. Óscar fue alguna vez una promesa literaria; ahora vive con su madre, bebe demasiado, carece de dinero y se aferra a la poesía como al último territorio donde todavía puede reconocerse. Su hija, Daniela, interpretada por Allison Correa, mantiene con él una relación marcada por la distancia y la vergüenza: quiere a su padre, pero también contempla dolorosamente al hombre en que se ha convertido. Mesa Soto evita convertirlo en el tópico romántico del artista incomprendido: Óscar puede ser entrañable y al mismo tiempo irresponsable, arrogante, ridículo y profundamente humano.

La película encuentra su centro cuando Óscar acepta trabajar como profesor y conoce a Yurlady, una adolescente con una espontánea capacidad para escribir poesía. En ella cree descubrir el talento que él mismo no pudo convertir en una vida y comienza a comportarse como su mentor. Pero ahí aparece una de las mayores sutilezas de Un poeta: ayudar a alguien también puede ser una manera de proyectarse sobre él. Óscar pretende salvar a Yurlady mediante la literatura mientras es incapaz de reconstruir plenamente la relación con Daniela. La muchacha se convierte así, de alguna manera, en una hija poética, en la posibilidad imaginaria de corregir mediante otra persona aquello que Óscar no consiguió realizar como artista ni como padre. La película desmonta, sin discursos grandilocuentes, esa peligrosa tentación del intelectual de creer que su propia concepción de la cultura debe necesariamente liberar a los demás.

Mesa Soto cuenta todo esto mediante una tragicomedia áspera, incómoda y extraordinariamente divertida. La fotografía rodada en 16 mm, granulada e imperfecta, parece compartir la textura deteriorada de la existencia de Óscar: nada luce pulcro porque tampoco sus personajes lo están. El director filma bares, casas, calles, festivales literarios y reuniones de escritores sin embellecerlos, y consigue algo particularmente difícil: reírse del mundo intelectual sin despreciar la literatura. Su sátira no está dirigida contra la poesía, sino contra la institucionalización del prestigio, contra los pequeños circuitos de reconocimiento y contra esa contradicción latinoamericana en la que se celebra solemnemente al artista mientras resulta casi imposible que el artista pueda vivir de su trabajo. El fracaso de Óscar termina siendo, entonces, mucho más que una desgracia individual: es también el síntoma de un ecosistema cultural que necesita poetas simbólicamente, pero muchas veces no sabe qué hacer con ellos realmente.

Y quizá ahí se encuentre la mayor belleza de Un poeta. Óscar no necesita convertirse finalmente en un escritor reconocido para que su existencia adquiera dignidad. Tampoco necesita una redención convencional. La película se resiste a esa obligación contemporánea de transformar cada fracaso en una historia de superación. Hay vidas que no triunfan y que, sin embargo, siguen teniendo valor. Por eso resulta tan poderosa la convivencia entre Óscar, Daniela y Yurlady: una representa aquello que el poeta ha descuidado; la otra, aquello que todavía quisiera salvar; y él permanece en medio, intentando encontrar mediante la poesía una forma de reconciliarse consigo mismo. Mesa Soto termina preguntándonos algo bastante más incómodo que si Óscar es o no un buen poeta: ¿cuánto vale una vida dedicada a algo que el mundo considera inútil? Y la película responde sin sentimentalismo: quizá su valor consista precisamente en negarse a medirla únicamente por su utilidad.

En ese sentido, Un poeta constituye también una magnífica reivindicación del cine latinoamericano. No porque exhiba una supuesta esencia de América Latina, sino precisamente porque se permite mirar el continente desde dentro, sin traducirlo para una mirada extranjera y sin reducirlo a violencia, exotismo o pobreza. Mesa Soto demuestra que nuestras calles, contradicciones familiares, precariedades, instituciones culturales, humor y frustraciones pueden producir un cine formalmente audaz y universal sin renunciar a su acento local. Reconocida internacionalmente —la película obtuvo el Premio Especial del Jurado de Un Certain Regard en Cannes 2025—, su importancia radica justamente en que no necesita imitar al cine europeo o estadounidense para reclamar universalidad. Un poeta recuerda que el cine latinoamericano alcanza algunas de sus mejores posibilidades cuando deja de preguntarse cómo parecerse al cine de otros lugares y se atreve simplemente a mirar nuestra realidad con nuestros propios ojos.

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